La noche llegó y con Justine nos encontrábamos maquillándonos en la casa de Karina, salimos a la puerta a esperar el remis mientras oíamos el rugido del mar. Por las penumbras arrancó el auto, llegamos al centro de la ciudad y antes de bajar le dijimos al remisero que nos pase a buscar a las cinco. Bajamos las escaleras del sótano, nos pedimos un trago y disfrutamos del show que se hacía. Un hombre de algún pueblo se acercó para hablarme, le respondí a todo hasta que me cansé y me alejé. Me dí unas vueltas con Justine por el pequeño túnel del lugar donde me vino el recuerdo de la pija que ahí me comí con Iván años atrás. Luego de charlar con una chica que nos contó de su profesión, intercambiamos nuestros teléfonos y nos perdimos. Encontramos a alguien que nos consiguió una bolsa y justo antes de irnos apareció otro pibe que le preguntó en inglés a Justine de dónde era, la cual le respondió riéndose y el chico la invita a la casa. Eran cerca de las cinco cuando salimos con el pibe, nos contó que era surfer y no paró de hablar de su moto hasta que llegamos al departamento. Había máscaras por todos lados colgadas en la pared, velas y objetos de diversas culturas. El surfista se sacó la remera quedando demasiado apetecible a nuestros ojos y en la cocina nos preparó unas rayas bien largas. Luego de tomarlas, en la charla nos enteramos que el surfista creía que Justine era una mujer como él pensaba, pero no. Dijo que quería una vagina y nos pidió perdón. Calientes bajamos por el ascensor y cuando vimos la hora ya eran las cinco así que casi que corrimos hasta la puerta del sótano y allí se encontraba el remisero que nos esperó con una bolsa pero de caramelos. Llegamos a nuestra guarida y nos tomamos lo que quedó.
viernes, noviembre 25, 2011
El Marplatense
La noche llegó y con Justine nos encontrábamos maquillándonos en la casa de Karina, salimos a la puerta a esperar el remis mientras oíamos el rugido del mar. Por las penumbras arrancó el auto, llegamos al centro de la ciudad y antes de bajar le dijimos al remisero que nos pase a buscar a las cinco. Bajamos las escaleras del sótano, nos pedimos un trago y disfrutamos del show que se hacía. Un hombre de algún pueblo se acercó para hablarme, le respondí a todo hasta que me cansé y me alejé. Me dí unas vueltas con Justine por el pequeño túnel del lugar donde me vino el recuerdo de la pija que ahí me comí con Iván años atrás. Luego de charlar con una chica que nos contó de su profesión, intercambiamos nuestros teléfonos y nos perdimos. Encontramos a alguien que nos consiguió una bolsa y justo antes de irnos apareció otro pibe que le preguntó en inglés a Justine de dónde era, la cual le respondió riéndose y el chico la invita a la casa. Eran cerca de las cinco cuando salimos con el pibe, nos contó que era surfer y no paró de hablar de su moto hasta que llegamos al departamento. Había máscaras por todos lados colgadas en la pared, velas y objetos de diversas culturas. El surfista se sacó la remera quedando demasiado apetecible a nuestros ojos y en la cocina nos preparó unas rayas bien largas. Luego de tomarlas, en la charla nos enteramos que el surfista creía que Justine era una mujer como él pensaba, pero no. Dijo que quería una vagina y nos pidió perdón. Calientes bajamos por el ascensor y cuando vimos la hora ya eran las cinco así que casi que corrimos hasta la puerta del sótano y allí se encontraba el remisero que nos esperó con una bolsa pero de caramelos. Llegamos a nuestra guarida y nos tomamos lo que quedó.
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